Me llamo Sonia. Lo poco que vi aquella noche hizo que me sintiera viva. Mi matrimonio estaba algo tocado y una idea loca, no paraba de rodar por mi cabeza.

            Los dos somos guardias civiles. Ya en los 40 y con una niña de 10 años. Tenemos cierto atractivo. Muchas veces le preguntaban a él, por la guardia buenorra, y yo, en el mercado, escuché a alguna mujer, hablar del súper-guardia, refiriéndose a mi marido, Pepe. No nos molestaban esos comentarios, nos reíamos con ellos.

Nos íbamos turnando los servicios de noche, para cuidar a la niña.

Una noche, me tocaba inspección en un local, que había abierto en un polígono cercano al pueblo.

-Estoy cansada. Como soy tía, siempre me toca clubes de alterne –le dije a mi compañero, enfadada.

Llegamos y nos abrió la puerta una mujer, con un vestido transparente y lencería, de mi edad, más o menos.

– ¿Es usted la madame? –preguntó Adrián, mi compañero.

-Se equivocan. Soy la dueña y esto es un club swinger.

Adrián empezó a ponerse colorado. Nos miramos sorprendidos.

– ¿Quieren pasar?

No me lo pensé y entre la primera. El morbo pudo conmigo.

Se llamaba Cristina y nos dio un par de besos.

Tras pasar una espesa cortina, nos encontramos en la barra a un hombre colocando vasos.

-Cariño, los guardias quieren revisar la documentación e inspeccionar el club. Es mi marido, Juan.

-Agentes. Aquí tienen toda la documentación, -sacando una carpeta, y dándonos la mano por encima de la barra- ¿Quieren ustedes café? Porque supongo que, de servicio, alcohol, nada de nada.

Yo miré a mi compañero y asentimos.

-Café solo, por favor.

Adrián se puso a comprobar la documentación. Yo me acerqué a la cortina que había al fondo y miré a Cristina.

-Disculpe… ¿hay gente aquí? ¿Se puede pasar? –la curiosidad me dominaba.

-Hay cuatro parejas y un chico, ¿pasar? Si no se asusta, por lo que pueda ver…

Y guiñándome, abrió la cortina.

-Adelante…

Yo la seguí por un oscuro pasillo. La primera habitación estaba cerrada. Ella en voz baja, me dijo que había dos parejas dentro. Se oían gemidos y algunos chillidos de placer. No me atreví a pedir que la abriera. Llegamos a otra habitación. Tenía una ventana de cristal y se podía ver el interior, desde el pasillo.

Me acerqué. Mis ojos se abrieron como platos. Había dos parejas y un chico. Ellas estaban a cuatro patas, mientras las follaban, y el chico que quedaba, iba pasando por delante de ellas, para que le chuparan el pene.

Me di la vuelta y Cristina, acercándose a mi cara, me susurró si necesitaba hablar con las parejas o el chico. Su perfume me hipnotizó. El corazón se me iba a salir por la boca. Tenía la boca seca. Notaba muy húmeda mi entrepierna. Solo pude decir que no hacía falta, que podíamos regresar a la entrada.

Mi compañero estaba con los cafés en la barra.

-Sonia, en principio, yo no veo nada extraño en la documentación. Debería revisarla la policía local que son los competentes. Y tú… ¿has visto algo anormal?

No podía concentrarme. Algo estaba explotando en mi interior.

-Adrián, todo está correcto. –y miré a Cristina- Por favor, ¿un baño?

Me llevó a la entrada y me abrió la puerta de un aseo.

Tras entrar y cerrar, me senté en la tapa del wáter y me encogí, mordiéndome los labios. ¡Estaba teniendo un orgasmo! Fue como un rayo que recorrió mi cuerpo en un instante. El más intenso de mi vida y el más breve. En silencio disfruté de él. Dejé pasar un minuto para serenarme. Me lavé la cara con agua fría y volví a la barra.

Tras tomarnos el café, les comentamos que, si veían algo anormal en el polígono, avisaran al 062.

Nos despedimos de ellos. Nos explicaron que lunes y martes cerraban, pero el resto de días abrían, por si queríamos tomarnos alguna noche un café. Si la luz de la puerta estaba encendida, es que estaban allí.

Cristina nos acompañó hasta la puerta. Adrián ya había salido a la calle. Ella me dio un beso y el vello se me erizó. Se dio cuenta y me miró a los ojos con mucha dulzura, susurrando que podía volver cuando quisiera, que estaba invitada, sola o acompañada, deslizando en mi mano una tarjeta.

La noche paso volando. No paraba de ver esas imágenes de la habitación. El orgasmo que tuve en el baño, me dejo un temblor interno que no se fue en toda la noche. Y yo, sin poder tocarme.

Tras terminar la patrulla, me fui a casa. Entré a ver a mi niña, que dormía. En el baño, me desnudé y me metí bajo el agua caliente de la ducha. Mientras me enjabonaba, iba recordando esos cuerpos, los gemidos de placer. Mis pezones se erizaron. Mi vulva palpitaba. Cogí la alcachofa de la ducha y empecé a recorrer todo mi cuerpo, hasta ponerla sobre el clítoris. En unos segundos, un maravilloso orgasmo me dominó. Me deje deslizar hasta el suelo, derrotada.

Tras recuperarme, me sequé. Desnuda, me acosté junto a mi chico, que dormía también así. Me deslicé bajo las sabanas, arrimándome a su espalda y culo. Al notar mi presencia, se movió más hacia mí. Empecé a tocarlo, por la espalda, el pecho, y bajé hacia su entrepierna. Estaba empalmado, duro como acero.

-Cariño… estoy muy caliente –susurré, besándole.

Él, sin abrir los ojos, se puso bocarriba y yo aproveché para subirme encima. Y directamente, ya que estaba empapada, me introduje su pene, y comencé a cabalgarlo como una amazona.

Mi chico abrió los ojos.

-Cris… ufff… ¿y esto? ¿Te ha pasado algo esta noche?

Cerré los ojos, sintiéndome otra vez, una de las chicas de la habitación.

-Cariño, por la mañana llama a tu madre, que la niña duerme con ella. Nosotros tenemos una inspección pendiente…

                                               FIN???

Relato participante en la III Edición del Concurso de Relatos Eróticos «Muerde la Manzana»

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